Biografía

Javier Casis Arín

Javier Casis Arín. Logroño 1941. Funcionario del Cuerpo Técnico del Estado. Ha desempeñado diversos cargos en la Administración, la empresa pública y la privada. Desde que se retiró ha escrito y publicado tres libros de relatos y dos novelas. Toda su literatura está intimamente relacionada con el cine, al que considera su mayor fuente de inspiración. Es un apasionado de los libros antiguos, las librerías de viejo (en cuya atmósfera incontaminada dice encontrarse a salvo), las acotaciones autógrafas, las ediciones raras y sobre todo de la literatura inglesa del siglo XIX. También es un estudioso de la figura de Sherlock Holmes a quien considera el personaje mágico que puso el broche de oro a la literatura victoriana. Ha colaborado en diversos medios de difusión.


Críticas

Juan Jacinto Muñoz, Radio Nacional

Sus personajes se mueven cada uno con su historia, con su secreto, aunque todos vayan quedando plasmados en los libros.

Álvaro Mutis, Hoy

Una escritura clásica: con un adecuado dominio idiomático que le permite un estilo no sólo eficaz, sino de cierta elegancia.

Miguel Ángel Muro, Diario La Rioja

Pleno de desparpajo literario y no exento de un fino sentido del humor.

Miguel Ángel Ropero, Fábula

Es un placer leer al "extraño" escritor Javier Casis.

Alonso Chávarri, El Péndulo

Su prosa ágil y llevadera transmite miedo e inquietud.

Diego Marín A., Fábula

Javier Casis es un escritor mágico, uno de los mejores narradores de La Rioja en la actualidad.

Rubén Marín A., Noticias de La Rioja

Me ha hecho disfrutar como hacía tiempo no disfrutaba.

Pedro Zarraluki

El encuadernador nocturno es uno de los libros más peculiares compuestos por un español.

Lorenzo Silva

El cazador encantado me dejó no encantado sino encantadísimo.

Arturo Pérez-Reverte

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DEDICATORIAS (Y II)
por Juan Manuel de Prada

Reconoceré, sin embargo, que, aunque me incomode estampar dedicatorias en mis libros, me fascina la figura de esos bibliómanos que no descansan hasta conseguir que sus libros predilectos incorporen una firma de su autor. A lo largo de mi carrera de escritor me he topado con varios especímenes de esta raza de coleccionistas fanáticos; ninguno tan divertido y tan cultivado como Javier Casis, un logroñés ya sesentón, buzo de bibliotecas sumergidas, que con el paso de los años ha logrado convertirse en un auténtico Linneo de las acotaciones autógrafas, tal es la paciencia botánica con que las recolecta y clasifica. De Javier Casis ya había tenido noticia hace algunos años, cuando recibí por correo un ejemplar de una de mis novelas, con la solicitud de que se lo devolviera firmado; acompañaba el envío un sobre ya franqueado y con las señas del destinatario escritas con pulso firme. Me divirtió aquella amable petición, que a la vez encubría una muy calculada exigencia, pues si me hubiese negado a satisfacerla, habría quedado ante mi desconocido corresponsal como un tío cutre que se había aprovechado de su (presunta) ingenuidad y también de sus sellos.

Hace unos meses, presentando en Logroño la revista literaria Fábula, conocí al fin a Javier Casis, que aparte de coleccionista de autógrafos resultó ser un escritor nada desdeñable, muy dotado para la evocación de atmósferas góticas y bendecido de una ironía tan maligna como angelical. En su novela El cazador encantado (Huerga & Fierro, 2003), entreverada de apuntes autobiográficos, Casis dedica algunos pasajes desternillantes a su pasión confesa de recaudador de dedicatorias por correo: así sabemos, por ejemplo, que Patricia Highsmith le devolvió firmada La máscara de Ripley, poco antes de morir de leucemia en Locarno; o que Susan Sontag nunca le devolvió El amante del volcán, quedándose de paso los dólares que Casis le había adjuntado en el envío (ya sospechábamos que la Sontag era una tía cutre). En su lista de agravios, Casis reserva un lugar honorífico a cierto escritor mágico de Soria, «un tal Sánchez creo que era y sigue siendo su apellido», que siempre ha respondido a sus envíos con un recalcitrante silencio. El episodio más peregrino lo protagoniza el siempre adusto Rafael Sánchez-Ferlosio, que hasta en dos ocasiones se negó a devolver firmados sendos ejemplares de su novela El Jarama, que Casis se había procurado tras desembolsar cantidades nada exiguas. Tras atribuir el fracaso de la primera intentona a un extravío postal, Casis decidió telefonear al arisco Ferlosio antes de enviarle de nuevo su novela. En aquella conversación –que imagino con sus ribetes de diálogo para besugos– el escritor no manifestó una negativa rotunda, dejando entrever que podría hacer una excepción: «¿Se la envío entonces?», lo apretó el temerario Casis. «Bueno, mándemela», accedió a regañadientes Ferlosio, a quien Casis designa infaliblemente Sánchez, con lacónico desdén, como al escritor mágico de Soria. Transcurridos algunos meses sin que El Jarama, apareciese en su buzón, Casis se decidió a reclamarle por teléfono una explicación al reticente Ferlosio: «¿Se acuerda de mí?», le espetó. Seguramente Ferlosio se acordó en ese instante de él y también de su parentela hasta el cuarto grado de consanguinidad: «Creo recordar que hablé con usted y que le dije que las dedicatorias me parecen absurdas y fetichistas», se defendió del asedio. «Bueno, quizá yo interpreté otra cosa y le entendí mal –se resignó Casis, algo mohíno y herido en su orgullo cinegético–. Supongo que al menos no tendrá ningún inconveniente en devolverme la novela…» Ferlosio refunfuñó, antes de colgar: «Ya ni siquiera sé dónde la he metido».

Javier Casis, que no perdona al escurridizo Ferlosio su descortesía, sospecha que sus ejemplares de El Jarama, han sido vendidos a algún librero de viejo. Definitivamente, no conviene desairar a los cazadores de dedicatorias: su insistencia sólo es comparable al tamaño de su despecho.

Juan Manuel de Prada
El Semanal

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